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Un alto en el camino.

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Portomarín, una villa ligada al Miño.

Estamos en uno de los puntos más emblemáticos del Camino Francés a Compostela, parada y fonda para peregrinos de todos los confines de la tierra.

 
Un pueblo que son dos. Hay un Portomarín que vive en el recuerdo, sumergido bajo las aguas del Miño, el que fue anegado por el embalse de Belesar en los años sesenta del siglo XX. Muchos se opusieron, para todos fue un duro trago tener que abandonar sus casas. Pero esas mismas personas comenzaron a escribir las nuevas páginas de sus vidas en el Monte do Cristo. Es el Portomarín que conocemos hoy, el de las calles empedradas y construcciones en armonía. Sumergido el puente romano sobre el Miño, otro se aventura a saltar el río. Se conservan los nombres de los barrios: San Pedro a un lado, San Xoán enfrente. A pesar de su cambio de ubicación y de ser un asentamiento construido de nuevo, Portomarín tiene aspecto de villa tradicional gallega, asoportalada, casas de baja altura, piedra por todas partes, y de Lugo, con tejados de pizarra. Es decir, se ha evitado que el pueblo pareciese un producto prefabricado, y, de hecho, posee un encanto especial. Un encanto que, en buena medida, se debe a la presencia de testimonios del antiguo Portomarín. La bellísima iglesia-fortaleza de San Xoán se salvó de las aguas porque fue trasladada piedra a piedra hasta donde se encuentra ahora. En algunos lugares se dejan ver todavía las marcas de ese viaje. San Xoán se enmarca dentro del románico tardío. En la puerta principal destaca su gran ornamentación en las arquivoltas con los veinticuatro ancianos del Apocalipsis, por lo que recuerda al estilo del Maestro Mateo. Tanto la puerta norte como la sur persisten en una cuidada y trabajada decoración, en contraste con la sobriedad de sus muros caídos. La fachada posterior está culminada por un ábside, y, sobre él, un pequeño rosetón que, visto desde el interior, ilumina una estancia dominada por la sencillez. También la fachada de la iglesia de San Pedro es la primitiva, lo que le otorga un aire de leyenda.
Historias parecidas envuelven al Pazo Berbetoros, también llamado Casa del Obispo por ser lugar de veraneo de esta autoridad eclesiástica. Es una réplica del antiguo aunque conserva detalles del original. Réplica es igualmente el Pazo Xeral Paredes, hoy edificio de uso administrativo. Vestigios del ayer para una villa que vive en el día de hoy. Con servicios que hacen más cómoda la vida para sus habitantes, con iniciativas empresariales bien instaladas y que lo estarán mejor gracias a futuros equipamientos como el polígono industrial de Monte do Cristo. Portomarín se caracteriza por la amplitud de sus espacios verdes. Parques como el Manuel de Blas, el Antonio Sanz o el popular Campo da Feira la convierten en una villa-jardín. Y si para sus habitantes esto es un derecho y un disfrute, para los turistas es una imagen impecable. Precisamente, de visitantes saben mucho los de Portomarín. Especialmente de unos que siempre están de paso: los peregrinos a Compostela. Da igual la época del año, siempre hay alguien que hace un alto en el camino en Portomarín. La Capilla de Nuestra Señora de las Nieves marca la entrada del camino francés en la villa. Su albergue es uno de los más frecuentados, su libro de registro lo atestigua: en el mes de agosto de 2002 hasta 12.000 personas pararon aquí y otro tanto en julio. Desbordado el albergue, hubo y hay que echar mano de otras dependencias. Pero aquí ya están sobre aviso. Cuentan además con otros alojamientos, para todo tipo de visitas. Hay hasta un hotel de tres estrellas, su “Pousada”, antiguo Parador de Turismo. El turismo rural está magníficamente representado en la Casa Santa Mariña, además de un inmueble tradicional restaurado es un complejo de ocio en toda regla que no es sólo para huéspedes. Restaurante, cámping, bungalows, quads, paseos a caballo y actividades náuticas para unas vacaciones sin un momento de aburrimiento. El Club Naútico de Portomarín es otro gran amenizador del verano en estas latitudes y que permite descubrir este Miño como un gran mar interior. Como ha hecho Portomarín, que ha aprendido a vivir de nuevo y a saborear un paisaje lleno de recuerdos.


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