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El paisaje que inspira.

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“... Cara o leste, a luz do mar reverdecía os anos. Cara o leste, adentrámonos no infinido do mar”.

Nuestro paisaje, nuestro mar amamantó justo antes de empezar la guerra civil a un hombre que llegó a ser contrabandista. Antón Avilés acabó harto de su leyenda de aventurero, y quizás vino a buscar reposo a estas tierras nada aventureras. Aunque él mismo cantó a la enfervorizada arcilla que le creó.

 
Avilés de Taramancos fue un hombre de dos mundos. Este, y la sudamericana Colombia en la que vivió durante 20 años. Cantó a la naturaleza del paisaje noiés ya desde su adolescencia. A través de esta actividad descubrió el nacionalismo. Hablaba en sus poemas adolescentes de su contorno aldeano, de los nombres de los pájaros, y siempre en gallego porque no conocía esos nombres en castellano. Le habría encantado a Avilés recorrer de nuevo la ruta de senderismo que conduce hasta la Devesa de Nimo. Como hombre culturizado por la vida que fue, apreciaría la arquitectura de otro hombre especial como él, Antonio Palacios, de la central hidroeléctrica construida casi cuando nació él. Desde el puente colgante el Tambre lo vería distinto, aunque esas pesqueiras resisten el paso del tiempo durante años y años. Es una ruta de 28 kilómetros, una pequeña aventura comparada con las que él protagonizó junto al lado de Miguel de la Cuadra Salcedo. Buscamos el mar porque él era sobre todo de sal. El límite entre Serra de Outes y Noia lo marca la ponte Nafonso con 20 arcos ojivales del siglo XIV. Para Avilés el mar era un amor de paisaje no de vivencia total, por eso no prosperó su carrera de marino. Sería porque estaba acostumbrado a un mar de ría, mar tranquilo, dominado por las caprichosas mareas. Las playas en las que se bañó en su juventud eran de arenas finas y blancas, mansamente adormecidas por el mar y rodeadas por la Serra do Barbanza. A la vuelta al Tambre Avilés sufrió el retorno a una tierra que casi era postal en su recuerdo, habiendo abandonado Colombia, la tierra que se llevó los mejores años de su vida. Los últimos versos de Avilés, una vez cauterizada la morriña de Colombia, fueron hacia su tierra natal, aunque Avilés aportó una refrescante visión del paisaje exterior que se convierte en interior, apartada de morriñas lacrimógenas y lleno de vitalidad.


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