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La pequeña Compostela.

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En la Noia de Antón los marineros recitaban versos. Imposible olvidarlo.

Antón Avilés Vinagre se tatuó en el apellido el nombre de su aldea, Taramancos.

 
En la que sigue siendo la casa familiar reside su hermano Alfonso, marino como todos los hombres de su familia, menos Antón. Llegó a estudiar Náutica en A Coruña, pero él había nacido poeta. Alejado de cánones y convencionalismos, ajeno a una intelectualidad ceñuda y distante, Antón Avilés de Taramancos disfrutó, sin embargo, de una existencia digna de ser materia literaria. Alfonso lo recuerda leyendo o escribiendo cobijado a la sombra del pino manso, bicentenario, al borde de la playa de Testal. Se autodenominó “francotirador de la hermosura”, porque sus herramientas poéticas eran su energía, su desbordante amor por la vida, por las personas, por la tierra y por el amor mismo. Antón fue el niño que jugaba en la Pedra da Moura mientras llevaba a apacentar las vacas. Nuestros ojos y los de su hermano Alfonso recorren la pequeña Compostela como a él le gustaba. Noia, la Ítaca de este Ulises que ya no era el mismo a su regreso de Colombia. Dijo el poeta que quien vive en diferentes lugares siempre comienza a vivir de nuevo, que nunca se abandona de todo el mundo que se deja. 20 años en Colombia donde se casó, el lugar en el que nacieron sus hijos, el país en el que su vida se convirtió en una novela de aventuras. Supo lo que era construir un hogar en tierra ajena, conoció bien el sentimiento de los gallegos del mundo. Y regresó a Noia con el corazón enredado también en el Amazonas. Pero aquí consagró nuevos rumbos. Instauró su centro en una casa del siglo XV y abrió una taberna en la que escanciaba vinos y palabras, a partes iguales. Toda Noia lo conocía, y hoy en día lo recuerdan con una sonrisa. Para muchos, acercarse a la Tasca Típica es todavía escuchar los ecos de las tertulias alentadas por Avilés. Porque lo que más le gustaba en el mundo era estar con sus amigos, bromear con la gente, hablar y hablar. Fue un gran contador de historias, embelesaba a su auditorio. Un Simbad, un Marco Polo relatando su libro de las maravillas. Activo, inquieto y generoso, pasó a la acción. En su época de concejal de cultura puso en marcha un frenesí que situó a Noia en el centro de Galicia. Creó la Casa de la Cultura que lleva su nombre, como no podía ser de otro modo, el Coliseo Noela también arrancó con su esfuerzo. Alimentó la sed de mundo de los jóvenes que se le acercaban pidiendo consejo para navegar en los mares de la escritura. Y Avilés les preparó unas alas y les dijo que ellos también podían ser poetas. En la Noia de Antón los marineros recitaban versos. Imposible olvidarlo. Su entierro multitudinario en 1992 fue una reunión de amigos, de gentes dispares unidas por el amor a la vida del poeta.


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