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Al hilo de la historia

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Numerosos restos megalíticos atestiguan la presencia de pobladores en Ortigueira en ese período.

La historia de Ortigueira comenzó a forjarse sobre los abruptos acantilados de Espasante y con la inmensidad del océano como telón de fondo.

 
Este territorio se llamaba entonces Arrós, y la tribu que lo habitaba era conocida como la de los Arroni. Según cuenta Plinio aquí se tomaban sus baños y saunas allá por el siglo primero. En la construcción que se conoce como Pedra Formosa o monumento con horno, los Arroni disfrutaban de los placeres de la talasoterapia con un sistema rústico pero efectivo que bebía de las culturas celta y romana, fundidas por aquel entonces en una pacífica y fructífera convivencia. Este y otros muchos hallazgos arqueológicos hay que agradecérselos al historiador e investigador ortigueirés Federico Maciñeira. Gracias a él sabemos que una veintena de castros poblaron las proximidades de la costa y que casi trescientos túmulos megalíticos marcaban una ruta a través de la Sierra Faladoira. En el centro arqueológico de Ortigueira podemos ver el que se encontró en Couzadoiro. Es la cámara megalítica más antigua de Galicia y procede de la necrópolis tumular de Forno dos Mouros datada en el 4500 antes de cristo. Esta es la piedra angular de un museo accesible a la investigación científica, al disfrute, a la exploración y sobre todo pensado para la puesta en valor del extenso y valioso patrimonio ortegano.
Hasta hace poco, dentro de la historia de Ortigueira, se mencionaban muchos hechos y descubrimientos realizados en las parroquias de Cariño, pero desde la segregación en el 88, la historia de Ortigueira queda reducida a lo que sucedió dentro de lo que ahora constituye su término municipal. De cualquier forma nunca se podrá separar la historia de Ortigueira del Cabo Ortegal, que lleva incluido en ella su mismo nombre.
La villa de Santa Marta de Ortigueira existe por lo menos desde el siglo XIII, pues consta que el Conde de Traba, Rodrigo Gómez era su señor en el 1235. Pocos años después de esa fecha llegaron aquí los monjes dominicos y levantaron un convento. Los monjes poseían tierras en gran parte de las feligresías, que les aportaban numerosas rentas. Hacían funciones de caja de depósitos de todas las cofradías del condado y dedicaban también esfuerzos a la enseñanza de gramática, moral y filología. Cuando llegó la desamortización de Mendizábal en 1835, el estado se hizo dueño del edificio y las dependencias del convento pasaron a acoger las oficinas de la administración municipal, la cárcel, la escuela y el cuartel de la milicia nacional. Ahora, tras varios años de restauración acoge las dependencias de la casa consistorial y también el teatro de la beneficencia, una pequeña joya con sabor romántico que conserva las pinturas realizadas en el año 1892 por el artista ortegano Vicente Martínez, imitando las que Pradilla pintó en el techo del Palacio madrileño de la Murga. Dentro del mismo conjunto arquitectónico se encuentra la que era iglesia del convento y que en 1849 se convirtió en la parroquia de Santa Marta. Digna de admirar su bóveda de cañón que descarga sobre grandes pilastras toscanas y sobre todo los retablos del maestro Juan Domínguez de la Estivada. En el del altar mayor se dejó influenciar por la escuela compostelana de Casas y Novoa o José Gambino combinando con sobriedad los estilos barroco, rococó y neoclásico. El del Rosario está tallado en madera de nogal e impregnado de influjos franceses estilo Luis XV. En él se exhibe la imagen de la patrona que aparece según la cita la leyenda, matando al feroz dragón que amedrentaba a los habitantes de la villa en la playa de la Barra.
Fuera de esta iglesia Ortigueira el cantón es el auténtico corazón histórico de la villa. En las casas que lo bordean nacieron o vivieron las personalidades más representativas que en política y cultura dio Ortigueira a lo largo de la edad contemporánea. Aunque el verdadero origen hay que buscarlo en el barrio do Ponto, el antiguo núcleo marinero de calles irregulares y estrechas donde vivieron los primeros santamarteses. Frente a la alameda, el edificio de la cárcel nos sirve para recuperar los hechos del verano de 1891, cuando los presos que traspasaron las barreras que tenían con las reclusas y se organizó una escandalosa orgía que llegó hasta la prensa madrileña. El rancio abolengo quedó en los pazos, casas grandes y mansiones. Randamil, Brandariz, Couzadoiro, Rasamonde, Granxa do Souto…. Y el recuerdo de los emigrados a América son las muchas casas indianas esparcidas por la villa y las parroquias, con sus pórticos en la entrada, las fachadas rematadas en buhardillas y las palmeras en los jardines.


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