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TURISMO CULTURAL

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La villa de Cangas, uno de los enclaves privilegiados de la Ría de Vigo.

Cangas cuenta con vestigios de la cultura castreña y romana.En 1617 la invasión de los piratas berberiscos destruye la villa. En la actualidad acoge un rico patrimonio artístico cada vez más reconocido que nos ha legado una preciosa arquitectura marinera que hunde sus raices en la tradición medieval

 
Desde la privilegiada atalaya del Monte do Facho, nuestros antepasados oteaban la línea del horizonte en busca de navíos piratas y enemigos, hasta el mismo punto en que el océano se convierte en un gigante insondable y desconocido.
Los Helleni fueron los primeros. Lo sabemos por todas las mámoas que como acaban de ver se encontraron en este monte y también a través de varias piezas de bronce que se habían encontrado ya en 1913.
Otros descubrimientos en Villa Pipín y en Pinténs prueban también el paso de los romanos por la península de O Morrazo pero no fue hasta la segunda revuelta irmandiña cuando empezó a fraguarse el nacimiento de la villa de Cangas.
Al pueblo lo que es del pueblo. Esta era la consigna de los irmandiños que tomaron Cangas en 1545. Por esa misma fecha empezó a construirse uno de sus monumentos más visitados. La iglesia de Santiago llegó a ser colegiata y no basta admirarla desde fuera para entender el porqué. Al penetrar en su interior nos daremos cuenta de que un templo normal no tiene estas bóvedas de crucería coronando tres naves, ni este espectacular retablo barroco repleto de imágenes. Tampoco es común encontrar otras seis capillas y contemplar en ellas tallas de enorme valor artístico. La más famosa es ésta: el Cristo que no quiso arder, que según el decir popular sobrevivió milagrosamente al incendio que provocaron los piratas turcos en 1617. Pero ninguna goza de tanta devoción y admiración como el Santísimo Cristo del Consuelo, sublime joya artística esculpida por Juan Pintos.
Fuera nos esperan las callejuelas del casco antiguo y las casas de patín. Hogares marineros que hablan de la vida tradicional en estas poblaciones costeras, siempre clavada a medio camino entre el mar y la tierra. Patines para tender al sol la cosecha pero también para poner las redes a secar o para sentarse a remendarlas. Así transcurría la vida de los marineros entre marea y marea. En este reloxo consultaban las predicciones metereológicas antes de hacerse a la mar. Ya no funciona pero igual permanece en la vieja alameda rodeado de jardines y de las obras escultóricas de Asorey y Xoán Piñeiro.


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