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CASTRO DE VILADONGA

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Una lección de historia en vivo.

Un yacimiento arqueológico que ocupa toda la corona de un monte. Descubierto en 1911 es un verdadero arquetipo de castro. Su monumentalidad y numerosos hallazgos lo convierten en un sitio clave para estudiar y entender la evolución de la cultura castreña. Al pié de la ultima muralla del Castro, el Museo ayuda a entender la importancia de lo que hemos visto.

 
La segunda vida del Castro de Viladonga comenzó cuando un labrador en 1911 enganchó un torques de oro con su arado. Menos mal que encontró un torques y no un simple muro de un castro, de los que hay en cada esquina de Galicia esperando para ser excavados.
6 décadas después, en los años 70, comenzó en serio el desentierro de este castro de 10.000 metros cuadrados que vivió tan sólo de recuerdos durante siglos. Los recuerdos, los lloros, las risas, las luchas que acogió hace unos 18 siglos.
Ya en las primeras excavaciones se descubrió que el interior del yacimiento era muy distinto y que no sólo había estado habitado antes de la llegada de los romanos, si no durante unos 8 siglos, conviviendo por lo tanto con los romanos.
Visitar el castro de Viladonga es la mejor lección de historia en vivo que se pueda recibir en Galicia, sobre este tipo de poblamientos.
Importancia arqueológica, cantidad y calidad de los materiales aparecidos son sus principales virtudes.
Alguien vivió aquí, tuvo sus hijos, se enfrentó a los duros inviernos, a lo mejor alguna vez al hambre.
1700 años después es un museo.
Nuestra pisada es curiosa, la de aquellos pobladores era rutinaria.
Sonriéndonos porque tan sólo nos separan las circunstancias de aquellos pobladores, comparamos nuestras rutinas vitales. Las de los pobladores de época tardorromana entre los siglos III y V, y la de nuestra era, las nuestras. Teníamos un mismo objetivo: vivir.
Aquellos hombres también tenían juegos, concebían la estética de un modo sorprendentemente similar, cocinaban... Aparece en las vitrinas del museo el hierro, la piedra, el bronce, y la cerámica. El valor de lo encontrado en el castro hizo necesaria la construcción de este museo, anexo al yacimiento.
Cuatro salas consiguen hacer más próximos a aquellos pobladores, los muestra domésticos. No es que nos los podamos imaginar en pantuflas, pero casi.
Parte del mérito de que el museo continúe día a día con esta importante labor divulgativa es de la Asociación de amigos do Museo.
Y aunque no estamos todo los acostumbrados que debiéramos a contemplar castros de esta magnitud excavados, hay aún dos antecastros más por descubrir en este castro de Viladonga. Esto da idea de la relevancia de este lugar.
Consta de varios recintos de murallas y fosos, y una gran acrópolis central.
Y la visita es apasionante.


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