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AL FINAL DEL CAMINO

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El peregrino que se precie ha de recorrer el trayecto de Compostela a Fisterra.

Siete son los caminos que recorren la orografía gallega hasta llegar a Compostela. Pero Santiago no es, para muchos, el final del trayecto. Entre Muxia y Fisterra, el Camino se enmarca en un paisaje inigualable y une el Santuario de Nosa Señora da Barca con el faro de Fisterra y la ermita de San Guillermo.

 
Todos los caminos acaban aquí, en el fin del mundo conocido como creyeron los romanos.
El peregrino a Compostela alcanza su meta en la ciudad santa, pero muchos no dan por terminado el camino hasta que llegan a Fisterra.
El encuentro con el mar misterioso de la Costa da Morte siempre tiene algo mágico, algo inexplicable que inunda el corazón. Y el estoico peregrino soporta la fiereza de los temporales calado hasta los huesos. Juanma, de Granada, se ha quedado sin palabras.
Carlos, ferrolano, y Juanma se han hecho amigos muchos kilómetros atrás. Sus pies, todo su cuerpo, y sus emociones llevan ya la marca indeleble de los que han vivido una experiencia única. En la playa de Langosteira, un momento de soledad, la soledad del caminante a veces compartida. Juanma realiza su particular homenaje a este paisaje emocionante. No importa la lluvia, sólo este momento.
En el Códice Calixtino, del siglo XII, aparecen las primeras referencias documentales de una peregrinación, complementaria a la de Santiago, a Fisterra. Algo muy relacionado con el desarrollo de algunas romerías en otros enclaves costeros. La devoción por los santuarios mariñeiros en Galicia, contagia a los peregrinos, permeables al latido de estas viejas piedras empapadas. Agazapado entre las sombras, “o cabo do mundo”, Fisterra, envuelto en la noche, espera al peregrino.
En el albergue, cerca del puerto, alguien más se une a nosotros. Iñaki, navarro, también ha emulado el espíritu de aquellos caminantes medievales que se acogían a la calidez de los hospitaleros. Claro que hoy en día, por lo menos para hacer noche, los albergues han sustituido a cuadras, patios y claustros de iglesias. Nada se puede hacer, sin embargo, contra los elementos. Fuera sigue lloviendo.
A pocos kilómetros de Fisterra, el entorno del Santuario da Virxe da Barca nos reserva un espectáculo grandioso. No se calma el mar de las treboadas. Como el reencuentro apasionado de dos amantes, las olas se abrazan a las piedras casi con desesperación. Y Denis, un joven alemán que ha aprendido español haciendo el camino, puede escuchar las leyendas suspendidas en el aire. Un tiempo para la reflexión. Un intervalo en la vida de cada uno para buscar respuestas, para remover en el interior y formularse a uno mismo preguntas inesperadas. Hay muchos caminos, tantos como personas, aunque de vuelta a Fisterra impriman sus pisadas sobre las de otros peregrinos y todos pasen por la playa de Rostro.
Es el fin. El de la tierra para los antiguos, el del camino para los exhaustos peregrinos. Pero siempre hay una recompensa. En el Faro de Fisterra, el que alumbra la noche fiera de la Costa da Morte sigue reinando el espíritu del camino. Se comparte con el desconocido. Esa misma persona que ya forma parte de tu vida. Porque juntos habéis pasado por el cansancio, el desánimo, la alegría y la belleza que llena los ojos y reconforta el espíritu.


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