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MAR DE FISTERRA

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El mar sigue siendo la principal fuente de riqueza para Fisterra.

Tras ocho meses de paro como consecuencia de la tragedia del Prestige, los pesqueros de Finisterre faenan de nuevo con normalidad y nosotros les acompañamos en una larga jornada de pesca que termina al atardecer.

 
La niñez en el mar. La vejez, también. Entre ellas, la vida de cada uno siempre con el mar y en el mar.
Buenos y malos momentos, siempre con el agua y el salitre de testigos.
Finisterre es tierra de marineros, Señores del mar, de su vida y de su trabajo. Multitud de historias en las que el mar es el espacio y el motivo.
La pesca vuelve a ser la principal fuente de riqueza para Fisterra después de ocho meses de paro tras la tragedia del Prestige.
Desde el verano los casi 100 pesqueros de este puerto faenan de nuevo, aunque deberá pasar todavía algún tiempo para que la totalidad de los caladeros recuperen su entera normalidad.
Levantarse con noche, con frío y con la única actividad del puerto.
En silencio, con ojos atentos y mirada profunda, los marineros se preparan para salir a faenar una nueva jornada. Es su trabajo, uno de los pocos que se afrontan sin rutina.
Dejando el puerto atrás y con él la tierra firme, empieza la tarea en el barco, no hay ni un solo instante en el que patrón y marineros descansen, siempre hay algo que hacer. Lo primero preparar el cebo, de su cuidado y de la suerte depende buena parte del éxito de la captura diaria.
Mientras nos dirigimos a al primer caladero vamos descubriendo el día, y el amanecer nos alcanzará ya en plena actividad, en los alrededores marítimos del Faro que nos dirige y orienta.
Es época de pulpo, aunque entre las nasas que se echan y las que se recogen siempre aparece alguna otra pieza que también se apreciará en subasta.
Ni temor ni fortuna, sólo paciencia y autoconfianza, saber mirar y sobre todo saber ver. Los pescadores con Magia y Don, tienen la facultad portentosa para observar el mar e interpretar sus señales.
Acostumbrados a los silencios del viento y a los rumores de la corriente, saboreamos con ellos los huecos vacíos de palabras.
Callan y cuando callan hablan. Después asienten y sus manos continúan hablando por ellos. Y es que dicen las propias voces marineras que correr el tempestuoso mar Atlántico es buscar mucho para encontrar poco y juntar algo, lo justo para una familia.
La jornada suele extenderse más allá de las 8 horas diarias, siempre dependiendo del tiempo que nos acompañe. Es después de levantar media docena de veces cada lote de nasas cuando nos reencontramos de nuevo con el puerto, que con casi su centenar de embarcaciones de bajura, atrae con su cromatismo.
Que se lo digan a los subastadores de la lonja que gobiernan de cuatro a cinco de la tarde la subasta, entre riada de curiosos, y de acuerdo al protocolo tradicional, es decir, a viva voz y a la baja.


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